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Servicio de información

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No fue fácil. pero al final Marcos A. y Agustín M., los agentes de inteligencia estatales, descubrieron dónde se reunían los agentes del servicio secreto enemigo. Fueron meses de arduo trabajo, de escuchas y esperas en coches en frías madrugadas. Pero todo aquel trabajo había dado su fruto y habían descubierto la casa del servicio secreto. Sólo les quedaba entrar en aquel chalet rodeado por un bosque desde donde se podía escuchar la contraseña que usaban para salvar el portón metálico de entrada. Los agentes se camuflaron durante días entre los árboles y usaron un micrófono unidireccional para escuchar las contraseñas.

El primer día vieron acercarse a un vendedor de pizzas hasta la puerta metálica. Buena tapadera, pensaron los agentes. Tocó el botón del portero automático.

  • Ocho – le respondieron desde dentro.
  • Cuatro – Contestó el sujeto. Y el portón metálico se abrió.

El segundo día vieron a un sujeto que no parecía agente de inteligencia. Como debe ser, pensaron Marcos A. y Agustín M.

  • Catorce – respondieron desde dentro
  • Siete – Dice el gordito. Y el portón metálico se abrió.

El tercer día no tuvieron suerte. No hubo visitas. Pero era su oficio. Debían estar allí.

El cuarto día apareció un hombre alto con una gabardina de cuero negro y cubierto por un sombrero de ala ancha. Los dos agentes pensaron que tenía pinta de gángster o de agente enemigo.

  • Dieciocho – Le contestaron desde el altavoz del portero automático.
  • Nueve – Respondió el tipo. Y el portón se volvió a abrir.

Los dos agentes de información se sintieron exultantes. ¿Quién no lo habría tenido claro?

  • Tenem0s la solución. Estos tipos son más tontos de lo que suponíamos – Dijo Marcos A. – Voy a intentar colarme.

Se acercó hasta el portón y pulsó el botón de llamada.

  • Cero – Le dicen desde dentro.
  • Cero – responde él siguiendo la lógica de que el cero no puede dividirse entre dos.

Un disparo acabó con su vida. Agustín M. ve como lo arrastran hasta el interior del chalet. Está seguro de que cuando llegue su turno no va a tener tan mala suerte como Marcos A. La ley de probabilidades le dice que no volverán a decir el número cero, cuya respuesta debe ser diferente a la de su compañero. Es un hombre valiente, pero deja pasar aquel día. Al siguiente día se presenta ente el portón del servicio secreto enemigo y pylsa el botón del portero automático.

  • Seis – le dicen desde dentro.

Traga saliva. Pero está seguro de que no va a errar.

  • Tres – responde – Y es su última palabra. Otro disparo entre ceja y ceja le deja sin poder responder a la reflexión que se debía haber hecho antes: Debimos tener más paciencia para resolver el enigma de cómo se calculaban las contraseñas. No son tan listos, pero tampoco tan tontos.

Pregunta:

¿En qué se equivocaron los agentes?

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